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LUNES SANTO EN EL CUSCO

Por Alfonsina Barrrionevo*

El Lunes Santo, cuando la luna se abre paso entre las nubes dejando caer sus rayos en blanco sudario sobre el Cristo de los Temblores, hay un silencio que pesa en el aire. La noche se hace nido de una emoción que conmueve a miles de cusqueños concentrados en Waqaypata, la plaza mayor. Es el momento cumbre de la procesión cuando el santo Taitacha, el santo Señor, derrama sus bendiciones. Rocío de paz que baña cada corazón y lo refresca. Un momento crucial en el que, según la creencia popular, escoge a los que se llevará con Él durante el año y por eso pugnan en retenerle cuando comienza a retroceder para entrar en la Catedral por la enorme Puerta del Perdón abierta de par en par.

 

¿Qué podría suceder si el Cristo se ausentara en una Semana Santa? ¿De dónde rescatarían los cusqueños su rostro tallado por la muerte, su frente nazarena coronada de espinas, sus brazos abiertos sobre el madero como si quisieran acoger a la humanidad, su torso exangue con la herida que le abrió la lanza de Longinos, el paño bordado generalmente con el Escudo de la Ciudad Imperial, sus pies cruzados a unos centímetros de sus andas?. Sería imposible que pudiera ser. Los crespones de luto agitarían a la población que lo ama, lo visita a diario y lo sigue con unción por la calles.

 Hace años Jesús Lámbarry, estudioso del arte y la fe que contiene la Basílica desde que se consagró, había advertido el peligro. El brazo derecho de la sagrada imagen estaba por descolgarse. ¿Qué pasaría si se rompiera en el curso de la procesión y su cuerpo fuera vencido por la gravedad y quedara deshecho?. Para evitar una tragedia se armó una mesa de restauración en el mismo recinto catedralicio. La Hermandad y lo cusqueños no querían que se alejara de su casa y un equipo especializado trabajó en una de sus hermosas naves para investigar y resanar los daños sufridos por el tiempo.

 Aunque el clima de Cusco es seco las termitas habían atacado la madera de duro maguey que usó su escultor a fines del siglo XVI o principios del XVII. Jesús Latorre que tomó parte en su rescate me reveló que su color actual no era el verdadero. Se había oscurecido por una acción combinada del humo de las velas que ardieron durante más de trescientos años en los candeleros de su capilla y del néctar que destila el ñuqchu, la flor cusqueña de la Pasión, que cubre al Señor a su paso y que es recogida exclusivamente para el Lunes Santo.

Se ignora desde cuándo el ñuqchu, en cuyo interior sus pistilos forman una cruz, es derramado sobre la venerada efigie. Es la única flor cuyos rojos pétalos de seda lo tocan y a medida que avanza en su recorrido se acumula en lenguas de fuego perfumado en sus cabellos que flotan agitados por el viento a medida que avanza caída la tarde, en su brazos, su corona, su cuerpo y sus andas de plata labradas. Su presencia es tradicional y habrá que pensar en una limpieza cuidadosa después de cada procesión para que no lo afecte aunque ya contribuyó a alterar el color de su piel.

 El mayor problema que se señaló entonces, hace dos décadas más o menos, fue creado por las cartas que los fieles solían introducir en la brecha abierta de su costado como si fuera un buzón. Cartas a Dios escritas con lágrimas, dolor, desesperación, congoja, amor, esperanza. Las cartas y telas que formaban un relleno en su interior ocasionaron una descomposición inexplicable y el festín de los insectos. La articulación de su brazo derecho que sufrió una especie de luxación a la altura del hombro fue una llamada de alerta que concitó la atención de Lámbarry y algunos canónigos.

Se presumía que la restauración iba a durar doscientos años por lo menos cuando la sagrada imagen volvió a mostrar huellas de deterioro. El Cristo ha sido trasladado esta vez al taller de restauración del antiguo convento de la Almudena del INC de Cusco. El tiempo apremia y se harán trabajos provisionales para que pueda salir el Lunes Santo de marzo para bendecir a su pueblo. El Taitacha, el ñuqñu Jesús, cuyo culto arranca de 1650 cuando un fuertísimo terremoto postró a la ciudad, es amado por generaciones.

 La labor que se realice para asegurar la calidad de su conservación debe ser óptima. Por algo el Crucificado es Patrón Jurado del Cusco y es necesario que se usen todos los recursos técnicos modernos para asegurar definitivamente su integridad. Los cusqueños lo piden desde los lugares más lejanos del mundo preocupados por las noticias que se han difundido. Así mismo esperan que nunca se deje de escuchar en su homenaje el Apu Yaya Jesucristo, esa canción en qewcha tan expresiva que es su himno en la tierra de los Inkas.

 Esta es una campaña cívica con los textos y fotos de Alfonsina Barrionuevo.

 

*Alfonsina Barrionuevo

Escritora, Productora de TV, Abogada

Consultoría de Temas Culturales Peruanos

Teléfono 471 5789

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