La Mezquita-Catedral de Córdoba: piedra, fe y controversia bajo un mismo techo

Un recorrido íntimo para descubrir la complicidad religiosa y el milagro arquitectónico
Texto y fotos: Enrique Sancho y Carmen Cespedosa
Hay templos que se visitan y templos que se recorren con el alma en vilo. La Mezquita-Catedral de Córdoba es de los segundos: un bosque de más de ochocientas columnas de mármol, jaspe y granito donde el eco de los rezos musulmanes y el de los cantos gregorianos parecen convivir todavía entre las sombras. Trece siglos de fe, arte y disputa no han bastado para que el edificio elija un solo nombre o un solo dueño. Pisar sus losas es entrar en la memoria más hermosa de España.
Un bosque infinito de arcos y mosaicos
Mires hacia donde mires, los característicos arcos de herradura en rojo y blanco se multiplican en la penumbra como un efecto óptico infinito. El espacio te invita a caminar sin rumbo fijo entre pasillos que se abren como calles de una ciudad subterránea. Uno de los puntos más bellos es la decoración dorada de la fachada del mihrab. No fue una obra local: el califa Alhakén II pidió al emperador de Bizancio que le enviara un maestro mosaiquista, quien viajó hasta la ciudad con toneladas de teselas de vidrio para ejecutar el trabajo.
Caminando entre este mar de columnas aparece de pronto la catedral renacentista incrustada justo en el centro, con su nave luminosa y su bóveda dorada. Es un choque de estilos abrupto que desconcierta y fascina a la vez. El emplazamiento ya era sagrado antes de la mezquita: allí se alzaba la basílica visigoda de San Vicente. En el año 785, el emir Abderramán I ordenó construir la gran mezquita, ampliada por sus sucesores hasta ser la mayor del mundo islámico. Tras la conquista cristiana por Fernando III en 1236, el edificio se consagró como catedral manteniendo el bosque de columnas casi intacto.
La famosa crítica del Emperador Carlos V
La transformación más drástica llegó en el siglo XVI, cuando el cabildo obtuvo permiso del emperador Carlos V para levantar el crucero renacentista en pleno centro. La tradición histórica recoge que el propio emperador lamentó el resultado al visitarlo terminado. Al contemplar la catedral en medio del bosque de columnas, pronunció una crítica que se ha hecho célebre, diciéndoles a los canónigos que habían destruido algo único en el mundo para edificar algo que puede verse en muchos otros lugares.
Hoy el conjunto es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. En 2024 batió su récord histórico recibiendo a 2,18 millones de personas, consolidándose como el tercer monumento más visitado de toda España, solo por detrás de la Alhambra de Granada y la Sagrada Familia de Barcelona.
La gran batalla legal por la propiedad
Ahí donde el relato parece asentado, surge la gran polémica: ¿de quién es el monumento? Amparándose en una reforma de la Ley Hipotecaria, el Cabildo inscribió el templo a su nombre en el Registro de la Propiedad en 2006 como «Santa Iglesia Catedral de Córdoba». Desde entonces se libra una doble batalla. Por un lado, colectivos civiles exigen que pase a manos públicas; por otro, se disputa el nombre tras la polémica decisión de retirar la palabra «mezquita» de los carteles, solucionada hoy bajo el término oficial de «Mezquita-Catedral».
Las asociaciones musulmanas sostienen que la gestión actual mutila la esencia islámica y critican la prohibición de rezar en su interior, proponiendo un patronato compartido. Desde el ámbito eclesiástico responden que el edificio ha sido templo cristiano durante once siglos frente a cinco como mezquita, y que es arbitrario fijar la legitimidad solo en el periodo islámico. Al día de hoy, el Cabildo Catedralicio sigue teniendo encomendada la gestión litúrgica y patrimonial, demostrando que el verdadero valor de la arquitectura está en las almas que logra unir bajo un mismo techo.
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