De la Ilusión al Negocio de Reventa: El Torneo que Expulsó al Aficionado de a Pie

Mientras las agencias de viajes batallaron contra muros consulares infranqueables, el mercado de reventa y el turismo corporativo se apoderaron del megaevento deportivo.
Por Elena Tejera*
Los grandes torneos globales de fútbol suelen sostener una premisa infalible para la actividad turística: una lluvia segura de millones de dólares gracias al movimiento masivo de aficionados. Sin embargo, el modelo multisede implementado en Norteamérica vino a cambiar los paradigmas del sector, transformando la fiesta del seguidor de a pie en una utopía inalcanzable para la gran mayoría del mercado de masas latinoamericano.
Y qué mejor ejemplo graficado recientemente, con su habitual ironía, nuestro querido Jaime Bayly en un artículo publicado en el diario El Comercio, el más importante de nuestro país. Jaime confesó con el desparpajo que lo caracteriza que prefirió revender sus boletos del torneo a los exorbitantes precios del mercado no oficial antes que asistir a los estadios, argumentando que había ganado más dinero como revendedor de entradas en internet que escribiendo sus propios libros. Si para figuras de alto nivel cultural y económico el costo de la oportunidad de sentarse en una tribuna resultó prohibitivo, para el fanático promedio de nuestra región el recorrido se convirtió simplemente en un imposible.
«Cuando el torneo se vuelve tan caro y exclusivo que hasta las figuras públicas prefieren revender sus entradas antes que asistir.»
Pero más allá del factor monetario, el verdadero drama comercial no radicó en la falta de interés del público, sino en las duras barreras burocráticas levantadas en las fronteras. Las agencias de viajes de Sudamérica y Centroamérica diseñaron ambiciosos paquetes históricos con meses de anticipación, solo para ver cómo sus carteras de clientes se congelaban debido a un cuello de botella predecible pero ignorado por los organizadores: el laberinto de las citas consulares.
En los Estados Unidos, los tiempos de espera para una visa de turismo tradicional B1/B2 superaron los doce meses en múltiples capitales latinas, impidiendo las compras aéreas de última hora de los entusiastas cuyos equipos avanzaban en el torneo. Igualmente, el gobierno de México dividió el flujo del tránsito multidestino regional al imponer nuevas exigencias de visado a diversas nacionalidades latinoamericanas que antes ingresaban libremente a su territorio. La FIFA, en esta ocasión, no logró negociar un «visado deportivo universal» ni un sistema simplificado similar al exitoso Fan ID de Rusia 2018 o la tarjeta Hayya de Qatar 2022, obligando a los viajeros a someterse a trámites migratorios rígidos y tradicionales.
«Muros consulares: Citas para EE.UU. con más de un año de espera y exigencias imprevistas.»
Para colmo de males, el muro burocrático de Canadá resultó casi infranqueable o, en algunos casos, aún más restrictivo que el de su vecino estadounidense. El Ministerio de Inmigración canadiense (IRCC) advirtió desde el primer día que poseer una entrada oficial para los partidos de Toronto o Vancouver no garantizaría ninguna preferencia en la aprobación, blindando sus fronteras bajo el estricto temor a un incremento de solicitudes de asilo o migración irregular, los consulados canadienses llegaron a registrar tasas de rechazo superiores al 54% en las solicitudes de visas de turismo vinculadas al evento. Esto, sumado a la exigencia de datos biométricos obligatorios en regiones que carecen de centros de atención cercanos, sepultó cualquier esperanza de un corredor turístico trilateral dinámico; el incondicional que pretendía seguir a su selección a través de las fronteras norteamericanas descubrió que una visa aprobada por una nación no poseía validez alguna en las otras, multiplicando los costos por dos y por tres.
«Canadá inflexible: Tasas de rechazo de visados superiores al 54% por temor migratorio»
Al final del evento, el panorama demostró que el verdadero juego de este torneo se disputó en las ventanillas consulares y en las billeteras, no en las canchas. Si hasta las mentes más de avanzada y acomodadas de nuestra cultura, como Jaime Bayly, descubrieron que el evento era un negocio de reventa más lucrativo que la propia experiencia de vivirlo, el diagnóstico es claro. Las agencias de viajes de América Latina pagaron el precio de una desconexión total entre las políticas migratorias y la realidad económica del continente. Una parálisis que no solo se vivió en los consulados estadounidenses, sino también en un Canadá inflexible que blindó sus fronteras bajo el temor de la migración irregular. Evidentemente la esperanza de aumentar el turismo en las ciudades sedes americanas no funcionaron…
El torneo continental dejó de ser la fiesta de la masa popular para convertirse en un producto de hiperlujo corporativo que expulsó al mercado tradicional. Por si fuera poco, el evento cerró su último capítulo literalmente bajo una nube tóxica de humo proveniente de los incendios canadienses, felizmente las fuertes tormentas eléctricas y lluvias del sábado limpiaron el ambiente, por lo que los asistentes a la gran final de la Copa del Mundo en el MetLife Stadium no tuvieron que usar mascarillas.
Un Mundial sin el color, el ruido y la fanaticada de la tribuna latina pierde su alma; ojalá que el próximo pitazo inicial de la FIFA entienda que, en la actividad turística, la hospitalidad comienza siempre con una visa facilitada. Lamentable siempre tiene que haber un ganador en este caso le tocó a España, dolor por la pérdida para la hinchada argentina —calificada estadísticamente como la más apasionada del planeta— ya que para ellos , el fútbol no es un simple deporte: es una auténtica religión que desafía cualquier frontera.
*Investigadora de las corrientes comerciales y de hospitalidad en el mercado latinoamericano.
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