«Octubre de Fe, Asfalto y Arena: El Lazo Morado que une a Lima e Ica»
Será la época que estamos viviendo, el cambio climático que nos acosa en todos los campos, la guerra entre Ucrania y Rusia que sigue afectando las economías, o el recrudecimiento de los conflictos bélicos en el Medio Oriente; pero este año sentimos con mucha más emotividad las manifestaciones de la fe. Nos conmueve hasta las lágrimas ver las calles inundadas de un fervor que desafía cualquier crisis.
Tradición e Identidad Metropolitana
En la capital, la procesión del Señor de los Milagros —la más multitudinaria del mundo— despliega cada octubre una logística y organización milimétricas. Es una tradición invariable, transmitida de generación en generación, donde sus cuadrillas manejan multitudes con una precisión que rivaliza con la seguridad de un viaje papal.
Nuestra peculiar y querida Lima es un crisol de razas donde se mezclan todas las sangres; un ambiente cosmopolita de modernos y altísimos edificios que convive con el encanto colonial de su centro histórico. Una ciudad de grandes contrastes religiosos y políticos, que hoy cobija a una diáspora de más de un millón de ciudadanos venezolanos. Para muestra, las dos principales autoridades de nuestro país: en el Palacio de Gobierno, la presidenta Sra. Keiko Fujimori, «Sansei» elegida este año, y en el Palacio Municipal, un limeño como Renzo Reggiardo (tras el embrollo político y renuncia del anterior alcalde), evidentemente de ascendencia italiana, lo que le confiere a nuestra capital un ambiente cosmopolita, mientras sigue siendo “jaranera, criolla, sandunguera y chismosa”, más aún ahora que con las redes sociales y los destapes no hay cristiano que se salve.
A los turistas y visitantes les llama poderosamente la atención que miles de mujeres se vistan de morado y un grueso cordón blanco en la cintura (hábito del Sr. de los Milagros); las promesas por el milagro recibido son para toda la vida. Son conmovedoras los millares de historias que se tejen alrededor de nuestro Sr. de los Milagros, el milagroso Cristo Moreno, que sale en procesión entre cánticos, sahumerios, olor a flores, velas, a turrón de Doña Pepa y a la humanidad de esos miles de cuerpos que se apretujan por estar más cerca de su Santo. El Sr. de los Milagros sale en procesión cuatro veces en el mes de octubre, y ya genera una corriente turística “in crescendo”, puesto que existen extranjeros que vienen especialmente para participar de su festividad. Octubre en Lima sabe a miel de frutas y al delicioso, insustituible turrón de Doña Pepa… ¡Suavecitooooo!
La “Feria del Señor de los Milagros”
Y por supuesto, cabe evocar la tradicional “Feria del Señor de los Milagros” que también es parte de la tradición limeña en octubre e identifica a nuestra Lima con sus tradicionales corridas de toros en la Plaza de Acho, donde acuden famosos toreros con el fin de que su mejor faena sea premiada con el deseado galardón: el “Escapulario de oro del Señor de los Milagros”.
Les recordamos, dilectos lectores, que la Plaza de Acho fue inaugurada el 30 de enero de 1766 bajo el ala del virrey Amat y Junyent —famoso por su amorío con Micaela Villegas, la «Perricholi»—. Caminar hoy por esos antiguos corredores, remodelados en 1945 por el Ing. Francisco Graña Garland, es como viajar en el tiempo. Cuando se transita por sus viejos pasajes, donde reina el silencio y una claridad tenue, se podría pensar que estamos en aquellas épocas coloniales y que, tal vez, podríamos encontrarnos con una dama limeña de mantilla y peineta española entre los gritos de “¡ole!”.
El milagro del Sur: El Señor de Luren
Pero este lazo morado no se queda en el asfalto limeño. Unos kilómetros al sur, cruzando las dunas, Ica se rinde ante el Señor de Luren, en un paralelo místico que estremece. Si el Cristo de Pachacamilla nació del adobe y resistió los terremotos de la capital, el Cristo Crucificado de Ica es el señor del desierto, una imagen bendita que llegó por mar y cuya devoción levantó su propio santuario de las cenizas tras el devastador terremoto del 2007.
El contraste es hermoso. Mientras en Lima la fe ruge entre rascacielos y avenidas principales, en Ica la procesión camina bajo un cielo limpio, acunado por el viento paracas, sobre calles alfombradas con pétalos y perfumadas con el aroma dulce y fresco de las rosas y acacias. Son dos caras de una misma moneda devocional: el fervor metropolitano y la fe del desierto. Ambas manifestaciones demuestran que el turismo religioso es un motor vivo que reaviva la economía y el alma de nuestros pueblos.
Esta es nuestra patria, señores. Aún pacata y conservadora, con su encanto virreinal y sus restaurantes de cinco tenedores; una tierra moderna que, como decía Augusto Polo Campos en Limeño soy, «aún conserva el garbo altivo de los virreyes». Como se dice coloquialmente en nuestro país, el que no tiene de inga tiene de mandinga, graficando la gama infinita de nuestro mestizaje. Al final, ante tanta devoción que une pueblos y cura heridas en tiempos difíciles, bien calza el refrán: “Algo tendrá el agua cuando la bendicen” … Amén.
Elena Tejera
Directora
Master en Turismo y Comunicación






