July 15, 2026

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ADIÓS A LO ESPIRITUAL: ¿SEMANA SANTA O TRANCA?

En un tiempo marcado por la incertidumbre, el desencanto social y una corrupción galopante, viajar se ha instituido paradójicamente como un «bien de primera necesidad». Las personas no dudan en hipotecar su estabilidad financiera; es una reacción casi instintiva por escapar, divertirse y celebrar. Pero, ante el calendario litúrgico, cabe preguntarse: ¿Qué estamos celebrando realmente? ¿Es el dolor de la Pasión o simplemente el alivio de la desconexión?

Naturalmente, los bancos aprovechan este impulso y hacen su «agosto en marzo», lanzando tarjetas de crédito como si fueran bendiciones caídas del cielo, ignorando que el alivio es temporal y la deuda, con intereses leoninos, es permanente.

La cultura del «carpe diem»

Tras las heridas profundas del COVID-19, se esperaba un renacimiento espiritual, una pausa para reenfocar nuestras prioridades. Sin embargo, la respuesta parece ser lo contrario: el miedo a futuros «engendros del mal» —ya sean virus, guerras o nuevas formas de dominio—. La idea de «disfrutar hoy porque el mundo se va acabar» ha transformado la Semana Santa en la «Semana Tranca». Los destinos emblemáticos, se convierten en escenarios de jolgorio y exceso, donde el retiro espiritual es sustituido por campamentos masivos y hoteles all-inclusive que blindan al turista de cualquier reflexión sagrada.

La brecha generacional y la hiperconexión

Las generaciones actuales, desde los Millennials hasta la Generación Alfa, son los reyes de la tecnología, ya que los dispositivos tecnológicos son como una extensión de su cuerpo. Esta hiperconexión parece haber anulado su vocabulario espiritual. Resulta alarmante observar cómo conceptos fundamentales como “ayuno” o “abstinencia” han desaparecido del vocabulario juvenil, ellos utilizan códigos propios que los aíslan de la tradición. No se trata solo de modas, sino de pérdida de identidad: si no conocen las palabras, difícilmente podrán comprender el misterio que estas encierran.

No obstante, debemos enseñar a nuestros hijos, palabras elementales y tradicionales, sobre todo en lo que concierne a la vida espiritual y en fechas tan importantes para los cristianos como es la Semana Santa. No se trata de prohibir la tecnología, sino de usarla para encontrar momentos de encuentro especiales más allá de cualquier credo. La Semana Santa sigue ofreciendo valores como la esperanza y el perdón, que son vitales para la salud mental y la resolución de conflictos en la sociedad actual.

Una iglesia con muchos prejuicios.

Muchos jóvenes sienten que la Iglesia es demasiado moralista y se centra excesivamente en señalar el pecado en lugar de acompañar. Estas generaciones valoran la libertad individual y percibe a la Institución Eclesiástica como un ente que impone juicios sobre temas como el aborto o la diversidad sexual, lo que genera un rechazo inmediato.

Un ejemplo radical de esta desconexión es Uruguay, donde desde 1919 la festividad fue renombrada oficialmente como “Semana de Turismo”. Al suprimir el nombre sagrado del calendario, el Estado impulsó una cultura donde el camping y los festivales de ocio han reemplazado totalmente al Vía Crucis. Es el espejo de una sociedad que, en su afán de laicidad, ha convertido el misterio de la fe en un simple producto de recreación masiva.

Más allá de la dieta

Una breve encuesta entre jóvenes revela una confusión profunda: ¿Por qué no comer carne? La falta de explicación institucional ha reducido el precepto a una cuestión gastronómica. No se comprende que el ayuno y la abstinencia no son castigos culinarios, sino ejercicios de voluntad y privación de placeres carnales en favor de una introspección profunda. En un país donde el pescado y la carne tienen un alto costo, la verdadera abstinencia debería ser un acto subjetivo de humildad y no un lujo de temporada. La Semana Santa es, ante todo, un espejo de cómo vivimos nuestra religiosidad; el mundo que conocíamos ya cambió, y seguir viviendo en la «farra» constante es ignorar nuestra realidad.

El reencuentro con lo sagrado

El Estado siempre ha promovido estas fechas como un motor para el turismo interno, lo cual es vital para el desarrollo. No obstante, el enfoque ha sido puramente comercial. Es momento de incentivar el turismo religioso y espiritual. Cada región, pueblo y comunidad de nuestro país posee patronos y leyendas milagrosas que merecen ser el centro de la experiencia viajera.

Dejemos los «selfies», vivamos la fe.

Nuestras rutas de fe son muy interesantes por ejemplo: Ayacucho y sus procesiones, las alfombras en Tarma, la devoción al Señor de Luren en Ica, la procesión del Sr. Cautivo de Ayabaca en Piura o la Romería en honor del Señor de Muruhuay en Acobamba de la provincia de Tarma festividad que es icónica en la región Junín o la multitudinaria procesión del Sr. De los Milagros en Lima, no son solo destinos; son núcleos de una identidad que aún resiste, cada uno con una bella historia o leyenda, pues hacia ese turismo debemos dirigirnos e incentivar, permitiendo que el viajero deje de ser un observador digital y se convierta en protagonista de una tradición que nos humaniza y nos devuelve la esperanza, si no queremos tener en muy poco tiempo, una población descreída y más deshumanizada…

Este turismo de desconexión es la prueba final de cómo hemos sustituido el peso de la cruz por la ligereza de un ‘like’, quitándole contenido al sacrificio de Cristo para convertirlo en un simple fondo de pantalla para nuestras vacaciones…

Elena Tejera

Directora

Master en Turismo,  y Comunicación

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