El fuego del espíritu y la utopía de morir en Marte
La mente humana tiene caminos fascinantes. Escuchar la liturgia de San Lucas 12:49-53, el Jueves 22 sobre el «fuego» que Jesús vino a traer a la tierra te hace conectar de inmediato con otra crónica perturbadora que Jaime Bayly relataba hace un tiempo en sus crónicas nocturnas de YouTube. Jaime comentaba un estudio presentado por Elon Musk —el hombre más rico del mundo— donde advertía que, inevitablemente, el Sol terminará expandiéndose hasta tragarse la Tierra, secando los mares y convirtiendo toda forma de vida en cenizas. Según los cálculos del magnate, a nuestro planeta le queda apenas un 8% o 10% de «vida útil», lo que equivale a más de 3 mil millones de años. Una cifra que a Bayly lo hacía inmensamente feliz, celebrando con su estilo epicúreo el no estar vivo para presenciar semejante apocalipsis. Sin embargo, la obsesión de Musk es real: el dueño de SpaceX ya construye su monumental cohete Starship para establecer una colonia humana en el planeta rojo de cara al año 2030.
El vacío emocional detrás de los millones
Pero de inmediato salta la gran interrogante periodística y humana: ¿Por qué un hombre con tanto dinero, que lo tiene absolutamente todo en la palma de la mano, está tan desesperado por escaparse del mundo que lo rodea? Al analizar la vida de algunos magnates, descubres una cruda verdad: los millones no compran la paz del alma y muchos multimillonarios arrastran una profunda infelicidad. El caso de Musk es sintomático. Detrás de su genialidad tecnológica se esconde una vida personal por decir lo menos algo especial. El empresario tiene doce hijos, aunque la revista “InStile” ha publicado el 29 de septiembre de 2026, que son 14 hijos con cuatro mujeres diferentes: Justine Wilson, Grimes, Shivon Zilis y Ashley St. Clair, y repite de forma casi milimétrica un mismo patrón afectivo: se involucra con mujeres jóvenes y talentosas, y Dios lo premia hasta con trillizos , al poco tiempo, la relación se rompe. Pareciera que es incapaz de sostener la estabilidad en la Tierra y, según ha trascendido en sus propias declaraciones, está obsesionado con la idea de llevarse a toda su numerosa descendencia en ese viaje espacial, pretendiendo fundar una suerte de dinastía personal en el desierto marciano.
Si miramos el uso que le da a su inmensa fortuna, la decepción es aún mayor. Nos preguntamos si un hombre con esa capacidad económica financia grandes fundaciones para alimentar a niños en el África, rescatar a comunidades indígenas olvidadas o mitigar las enfermedades que asolan a los sectores más vulnerables de nuestra América Latina. La respuesta de la realidad llama la atención. Su organización, la Fundación Musk, no se enfoca en el dolor humano directo; sus millones van destinados casi en su totalidad a la investigación de la Inteligencia Artificial, la exploración espacial y la tecnología científica. Hay una alarmante falta de empatía hacia el prójimo —en el aquí y el ahora—. Se gastan fortunas incalculables en mirar a las estrellas y diseñar naves de escape, mientras se le da la espalda a las crisis humanitarias que desgarran nuestro propio suelo.
La dura ciencia frente al capullo de Hollywood
Aterricemos la fantasía con un baño de ciencia verdadera. ¿Cómo pretende sobrevivir una colonia en ese destino? “Hablamos de Marte el planeta rojo: un desierto inhóspito, congelado, con una atmósfera letal de dióxido de carbono donde el oxígeno es inexistente y el agua líquida es un mito”*. Desprovisto de recursos naturales básicos, ese ambicioso proyecto y su fabuloso cohete Starship quedarían encadenados en una dependencia eterna e innegable de los suministros enviados desde la Tierra. Se nos ocurre pensar que tal vez el empresario de 55 años de triple nacionalidad —sudafricana, canadiense y americana por elección— Musk esté atrapado por la fascinación de aquella maravillosa película de los años ochenta, Cocoon, donde un grupo de ancianos buscaba refugiarse en una piscina de energía alienígena para alcanzar la inmortalidad y evadir la finitud de la carne. Del mismo modo pensamos, que el magnate pretenderia que el espacio exterior sea el capullo protector de su dinastía y de nuestra especie, declarando con orgullo que su máximo sueño es viajar en su propia nave y morir en suelo marciano.
Chocolates, buena mesa y finitud terrenal
Jaime Bayly, por el contrario, y con la sensatez que da la honestidad, prefiere la comodidad de su cama en Miami, comer chocolates que son su pasión, la buena mesa y acepta con gracia la finitud de su existencia terrenal, sin la soberbia de querer conquistar otros mundos.
Colonizar el espacio o sanar el espíritu
Es ahí donde se encuentra el verdadero paralelismo espiritual. Mientras la ciencia y los multimillonarios gastan billones buscando una «nave de escape» física para salvarnos de un fuego cósmico que ocurrirá en miles de millones de años, la sociedad actual se muestra incapaz de apagar el fuego de la degradación moral, el narcisismo y la maldad que nos destruye hoy en el presente. Nos preocupa construir tecnología para colonizar el espacio exterior, pero descuidamos por completo la colonización de nuestro propio espíritu. El fuego del que nos habla la liturgia de San Lucas no es el que incinera planetas, sino el que purifica las conciencias; y de nada servirá que el ser humano logre viajar a Marte en el 2030 si va a llevar consigo en el equipaje la misma corrupción, el mismo egoísmo, las mismas carencias afectivas y la misma incapacidad de conciliar que hoy tienen al mundo entero de rodillas.
Elena Tejera
Directora
Master en Turismo, Marketing y Comunicación






